Ruta por el Jardín de la Isla

 

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El jardín de la Isla, que constituye uno de los hitos fundamentales entre los jardines españoles del renacimiento, adquirió su estructura definitiva en 1560, merced a Felipe II y a Juan Bautista de Toledo. La iniciativa de convertir el vergel de la isla en un jardín italoflamenco arranca de la idea de Carlos V de elegir Aranjuez “para en él fundar una casa de campo para su recreo”.

 

Jardín de la Isla

Río Tajo

Paseo

 

En Enero de 1561 el Rey dio la orden del trazado del Jardín, mandando se protegiese de las aguas con una pared y se plantasen algunas calles con distintos árboles; poco después llegarían árboles de Flandes, Francia y frutales de Andalucía y Valencia. En las obras, dirigidas por Jerónimo de Algora y Juan Holveque, participaron jardineros flamencos, franceses y un inglés; Algora fue enviado a Francia para estudiar los jardines de aquellos paises. Este arquitecto organizó el jardín en rectángulos a lo largo del eje central, disposición derivada, lógicamente, de la forma estrecha y prolongada de la Isla. Durante 1561 debió llevarse a cabo el allanamiento y preparación del terreno y a mediados de año se empezaron los muros de cierre, siendo muros de contención sobre el cauce. Así, el Jardín quedaba a salvo de las crecidas del agua que lo rodeaba. En Enero de 1562 ya se habían acabado de allanar las calles del jardín y se plantaron las primeras estacas de los compartimentos haciendo ocho divisiones en el jardín.

 

 

Durante 1563 las obras avanzan con fuerza. Por entonces se empieza la obra del Mar de Ontígola que alimentaría las fuentes. Al año siguiente se solaban de ladrillo las plazuelas del jardín y se traían de Italia los mármoles labrados para las fuentes, cuya disposición se debe a Toledo, aunque no se empezaron a colocar sino después de su muerte.

El trazado del Jardín de la Isla se basa en un fuerte eje central rodeado por compartimentos rectangulares para acomodarse a la forma alargada del terreno evitando la monotonía. Estos rectángulos se dividen a su vez en cuadrados, y los cruces de los ejes transversales más importantes con el eje central están marcados con plazoletas con fuentes, dispuestas así en una línea recta que, simplificando la distribución del agua, forma a la vez una perspectiva efectista. Esta calle central estaba cubierta en los S. XVI y XVII por túneles formados con moreras y enrejados de madera, llamados galerías o “folias”. De esta manera se establecía un contraste entre los umbrosos espacios de las calles cerradas con bóveda verde y los ámbitos de las plalazuelas inundadas de sol, solo tamizado por los árboles, donde reinaban los dioses de la mitología. Pequeños surtidores de agua o burladeros, dispuestos en el suelo a lo largo del camino, empapaban por sorpresa al paseante, que no podía escapar de la calle cerrada.

En la isla se reunían, por tanto, la intimidad del jardín islámico con sus fuentes bajas, la ordenación geométrica y proporcional, los juegos de agua, los espacios cerrados y las alusiones mitológicas del jardín manierista italiano y los parterres bajos de flores a la manera flamenca, especialmente de rosas a las que era muy aficionado Felipe II y que aquí se cultivaban para destilar aguas de olor. En 1568 se trajeron árboles de Flandes y ya para entonces el Jardín de la Isla debía estar acabado.

 

 

No obstante, para rematar la belleza del jardín faltaba por definir un elemento tan importante como las fuentes, cuya colocación definitiva se decide en 1582 y cuyo número y riqueza experimentará aportes sustanciales durante los reinados del hijo y del nieto de Felipe II.

A la difícil comprensión actual del jardín “filipino” ayudan muy poderosamente las trasformaciones que en el S. XVIII experimentó la Isla, de acuerdo, precisamente, con los principios de la jardinería francesa: las galerías se deshicieron dejando como una simple calle de érboles el eje central, y a sus lados los cuadros de boj recibieron trazados de bordados que, más o menos alterados han llegado hasta nosotros.

La Isla acaba en una lengua de tierra que los sedimentos del Tajo iban haciendo cada vez mayor. En 1729 Felipe V decidió formar allí un Parterre sobre fuertes muros de contención, derribando la pared que limitaba la Isla y dejando el paso a Picotajo dentro del Jardín. Éste apéndice se llamó Isleta, y se debe a Esteban Marchand y data de 1731.

A parte de la Isleta, durante el S. XVIII la Isla recibe algunas actuaciones puntuales como el jardín de las flores y el cenador chinesco en el reinado de Fernando VI, y el puente de piedra sobre la ría, los nichones de la Plaza de las Arpías, los canapés de piedra, el arreglo del “salón” del dique alto y la plaza de entrada desde el Parterre durante el de Carlos III.

Ayuntamiento de Aranjuez - Plaza de la Constitución s/n
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